En esta ocasión voy a transcribir un cuento del libro de Jaime Barylko, Yo y Tú, un mundo. Me ha conmovido gratamente, y dice así:Los sábados al atardecer reunía el maestro a sus alumnos y les contaba historias para promover la reflexión.
-Los sábados al atardecer -les decía el maestro a sus alumnos - es la hora más propicia, porque la santidad del séptimo día se anuncia en su despedida y la rutina de los seis días de trabajo se anuncia con pesadumbre, entonces hay que pensar, hay que pensar.
-¿Y hoy qué nos va a contar, maestro?
-Hoy será la historia de un finísimo brillante. Sucedió en una familia muy pobre de la vieja y antigua Europa, una familia judía que apenas tenía para vivir. El padre encontró un brillante en la puerta de su casa. ¿Qué hizo?
-Seguramente lo vendió y alimentó a su familia.
-No. Lo ocultó para tiempos aciagos. "Vendrán días peores", pensó, "y lo necesitaremos". Entonces fue y lo enterró en el baldío que estaba al lado de su casa. Y para no perder de vista el lugar donde lo había ocultado, le puso encima una piedra.
Y no se lo contó a nadie. Temía que a alguien se le escapara el secreto y rápidamente los bandoleros de la zona se enteraran y viniesen a robar el brillante.
Al día siguiente, su mujer salió y vio la piedra.
-¿Qué es esta piedra? La quitaré de aquí, molesta.
-No la toques, mujer.
-¿Por qué?
-Porque trae suerte.
-¿Suerte? ¿Esta piedra?
-Sí, trae suerte, déjala en su lugar.
La mujer, de las mujeres de antes, acató la voluntad de su marido. Al día siguiente, junto a la piedra había otra piedra.
-¿Quién puso otra piedra más? -preguntó el esposo.
-Yo, dijo la mujer-, yo la puse, porque si una da suerte, dos dan más suerte.
Él no replicó nada, la dejó hacer, y la dejó creer.
Los hijos le preguntaron a la madre por las piedras.
-Traen suerte.
-¿Cómo lo sabes?
-Por papá, y papá sabe lo que dice.
"Entonces fueron ellos y pusieron más piedras para que trajeran más suerte. Pero no hubo suerte, en cambio, hubo hambre, y desgracia, de más en más.
No obstante, al brillante nadie lo veía. Sólo antes de morir, el padre llamó a su hijo mayor y le contó la verdadera historia del brillante enterrado, que esperaba que salvara a la familia de la desgracia futura.
El hijo guardó el secreto. Y puso más piedras. Y así los hijos de ese hijo. De generación en generación, pasaba el secreto a una sola persona, y el resto creía que en las piedras había santidad.
Todo se llenó de piedras. La gente creía en la tradición de las piedras que traían suerte.
Los jóvenes se rebelaban.
-¡No queremos más piedras! -gritaban-. Queremos trabajar y luchar por una vida más digna.
Los viejos los obligaban a callarse la boca.
-Hay que respetar la tradición -decían-. Si nuestros abuelos anunciaron que las piedras traen suerte, hay que seguir esa senda y ese derrotero.
Los más rebeldes se fueron de la aldea a buscar mejor destino en otros parajes. La mayoría se quedó con las piedras.
Las piedras crecían en número, y los muertos de hambre y de enfermedad también crecían en número."
El maestro guardó silencio.
-¿Qué nos enseña esta historia, maestro?
-Piensen, piensen que nos enseña. Ante todo nos enseña a pensar. Y eso lo tienen que hacer por cuenta propia.
Gracias Jaime!













